Presidente Piñera asiste a cambio de mando de la Federación de Medios de Comunicación

31 AGO. 2018
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Ante representantes del mundo de la comunicación, el Mandatario enfatizó la importancia de la libertad de expresión en la democracia. 

Muy buenas tardes:
 
Saludo, con mucho entusiasmo, al presidente saliente de la Federación de Medios de Comunicación, y reconozco su aporte y fecunda labor; también al presidente entrante, don Juan Jaime Díaz, a quien le deseo la mejor de las suertes.
 
Y permítame partir discrepando. Escuché, señor presidente, que uno de los derechos, entre los muchos derechos de los medios de comunicación, era el derecho a los recursos económicos para su sustentación. Salvo que no esté pensando en el Estado, pienso que esto, más que un derecho, es un deber, es una misión, es un desafío de cada medio.
 
Saludo también, con especial cariño, a los ministros presentes, a las autoridades, y con un cariño muy especial a los parlamentarios, senadores aquí presentes, porque vamos a requerir su comprensión y apoyo la próxima semana, y muy especialmente durante los próximos tres años y medio.
 
También reconocer la importante, necesaria y fecunda labor que realizan los tres gremios que conforman esta Federación: la Asociación Nacional de la Prensa, la Asociación de Radiodifusores de Chile y la Asociación Nacional de Televisión. 
 
Siempre he pensado que la libertad de expresión es uno de los derechos humanos más importantes y que, en consecuencia, garantizar su libre ejercicio y su pleno ejercicio, es una condición esencial para la salud de toda verdadera democracia.
 
También siempre he pensado que este derecho debe desarrollarse con responsabilidad y con especial apego a la verdad, a la ética y a la protección de otros derechos, como la honra de las personas.
 
Por eso, durante nuestro primer mandato, en mayo del 2011, ratificamos nuestro compromiso permanente con la libertad de expresión y también con el derecho de la ciudadanía a poder ser oportuna y verazmente informada, y firmamos en esa oportunidad, en representación de Chile, la Declaración de Chapultepec -que se adoptó en 1994- y cuyo espíritu esencial es velar porque las leyes y los actos del Gobierno no interfieran, ni limiten la libertad de expresión.
 
Por su parte, la Declaración en su parte final, establece la importancia de este derecho, al afirmar “la lucha por la libertad de expresión y de prensa -y quiero agregar, también de radios y de televisión-, es, sin duda, una tarea de todos los días, un afán permanente, una causa esencial para la democracia y la civilización, no sólo baluarte y antídoto contra todo abuso de autoridad, es también el aliento cívico de una sociedad. Defenderla día a día es honrar nuestra historia y dominar nuestro destino”.  Eso afirmaba la Declaración de Chapultepec.
 
Y esta defensa debe ser permanente, porque la libertad -en general- y la libertad de expresión, tiene muchos enemigos al acecho, que están esperando un momento de debilidad para poder intentar limitarla o conculcarla. De hecho, en esta materia la libertad, a lo largo de la historia, ha sufrido más derrotas que victorias. Y si uno analiza la historia de la humanidad en materia de libertad y en materia de libertad de expresión, son muchos más los períodos oscuros que los períodos luminosos.
 
Y, por tanto, esta situación que todos reconocemos y apreciamos en Chile, no la tomemos como algo garantizado, es algo que debe comprometernos permanentemente en nuestras actuaciones todos los días.
 
De hecho, en los últimos años hemos sido testigos de una inmensa ofensiva global contra la libertad de expresión. Por ejemplo, el informe del año pasado sobre Libertad de Expresión en el Mundo, que realiza el Instituto Freedom House, lleva un título inquietante: “El Oscuro Horizonte de la Libertad de Prensa”.  Y ese informe constata que sólo el 13% de la población mundial goza de plena libertad de comunicación y de expresión.
 
Estamos en esa minoría, pero tenemos que preocuparnos para seguir estando, porque nada en la vida está garantizado, salvo la muerte.
 
No obstante, seguir gozando en el futuro de los beneficios que nos entrega esta amplia y compartida libertad de expresión, no es algo que esté predeterminado ni sea parte de nuestro destino. Como dice la Declaración de Chapultepec, “debe constituir un afán permanente por resguardar y por fortalecer este derecho”.
 
Porque con la libertad pasa a veces lo que pasa con el aire. Mientras respiramos, nadie echa de menos ni piensa que hay que defender el aire.  Pero basta ver la actitud de una persona que se está asfixiando, para darse cuenta que tiene que hacer lo imposible por recuperar ese derecho.
 
Con la libertad de expresión pasa algo parecido. Cuando la tenemos, no nos preocupamos; y cuando la perdemos, es demasiado tarde para recuperarla.
 
Y por eso la libertad de prensa, la libertad de expresión, es como el Sol, bajo cuya luz podemos ver con nuestros propios ojos la realidad de las cosas, su forma, su tamaño, su color, su identidad. Recuerdo la parábola de las cavernas, de Platón, que sostenía que lo que estábamos viendo eran sombras, y lo que queremos ver es la realidad. La libertad de expresión nos permite no quedarnos solamente con las sobras, sino que tener cada uno la oportunidad de ver en vivo y en directo la realidad, y formarse su propio juicio.
 
Y la luz del Sol es como la libertad de prensa: nos muestra las cosas como son, no como deberían ser o como quisiéramos que fueran, permitiéndonos diferenciar lo que es real, lo que es aparente y dejando que cada uno de nosotros, cada uno de los ciudadanos, pueda formarse su propio juicio respecto de la autenticidad, la calidad, la belleza, la falsedad, la utilidad o la ineptitud de la información que nos proveen los medios de comunicación.
 
Y si comparamos la libertad de expresión con el Sol, podemos decir que la censura es como una densa niebla que bloquea los rayos del Sol y que envuelve el paisaje en las sombras que desdibujan la realidad y que, muchas veces, no permiten que podamos apreciar en plenitud el mundo que nos rodea.
 
Muchas veces esa densa niebla, que es la censura, va formándose de manos de muchos distintos elementos. A veces, en algunos países, una creciente regulación estatal y una verdadera vocación por controlar los medios de comunicación y poder difundir la verdad oficial.
 
En otros casos, por limitaciones a la libertad, propiedad, crecimiento, creación y expansión de los medios de comunicación.
 
A veces con acciones judiciales infundadas, que buscan entorpecer su trabajo o derechamente la pretensión de los gobiernos de controlar el poder total.
 
Y también, muchas veces, la libertad de expresión se debilita por el mal uso de esa libertad de expresión, por la falta de la responsabilidad que siempre debe ir apegada a la libertad.
 
Por el uso o abuso del poder que significan los medios de comunicación.
 
Por eso, esta densa niebla que enturbia el aire, está formada por una tupida maraña -a veces, de rumores, prejuicios, intereses ocultos, hechos y falsedades que se mezclan- constituyendo medias verdades o medias mentiras, pero al final, ocultando la verdad en su plenitud.
 
Es lo que se llama “el fenómeno de la post verdad”, y que el diccionario define como “la distorsión deliberada de una realidad que se manipula sistemáticamente para impartir o introducir creencias o emociones que influyan a la opinión pública, desviándolo de la verdad”.
 
Por eso, la post verdad es una nueva forma de censura, y sustituye el debate de las ideas y los argumentos por la condena moral, el ajusticiamiento mediático basado no en hechos, sino que en prejuicios, y eso, sin duda, va creando un elemento que debilita la libertad de expresión plena.
 
Y también a veces por la falta de respeto en que algunos medios incurren por la ética, por la verdad, por la objetividad con que deben informar, y a veces sienten que su labor, más que informar, es simplemente desinformar.
 
Otra forma de censura es lo que se llama la “corrección política”, que la calificó Mario Vargas Llosa como “el enemigo de la libertad”, porque rechaza la honestidad, es decir, la autenticidad, y a la cual el Nobel llama a combatir como una desnaturalización de la verdad.
 
Yo, contrario a lo que piensa mucha gente, estoy convencido que las redes sociales no son una parte del problema, sino que son más bien una parte de la solución, porque nos ayudan a diversificar, descentralizar la capacidad de opinar, la capacidad de informar, la capacidad de ser informado.
 
Las redes sociales constituyen una poderosa herramienta, cuyo buen uso empodera a la ciudadanía y, además, fortalece la libertad de expresión, y con ello la democracia, el respeto a la diversidad, el pluralismo de opiniones, y es una sana competencia a la capacidad de informar que tienen los medios de comunicación tradicionales constituidos.
 
Todos podemos y debemos contribuir siempre a proteger y fortalecer la libertad de expresión, no solamente respetando irrestrictamente su ejercicio, aunque a veces ese ejercicio puede incomodar; siempre tenemos que resistir la tentación de limitar el ejercicio de libertad de expresión, porque la historia nos ha enseñado que ese camino conduce inevitablemente a la pérdida de la libertad de expresión y al debilitamiento de la democracia.
 
Pero también tenemos que hacer un uso responsable de la capacidad, del poder que significa el poder administrar medios de comunicación, y hay que hacerlo siempre en forma responsable, protegiendo la verdad, la ética y resguardando el honor de las personas.
 
Ahora, deberes como el compromiso con la verdad, obviamente no excluye la posibilidad de cometer errores; todos podemos cometer errores, pero sí obliga a adoptar todos los resguardos profesionales prudentes para evitarlos y también a rectificar, oportunamente, cuando se cometen esos errores.
 
Un segundo deber es respetar siempre la dignidad y la honra de las personas, porque el buen nombre de una persona se construye a lo largo del tiempo y se puede perder en cosa de segundos. Alguien decía que el prestigio y el honor se construyen o crecen con la velocidad que crece la palma y se pierde con la velocidad con que cae el coco. Y no deja de ser verdad.
 
Un tercer deber implica el ejercicio con calidad, especialmente en lo que se refiere al debate público, y sin duda en esto las responsabilidades son compartidas, puesto que todos -Gobierno, Oposición, medios de comunicación- pueden aportar mucho a mejorar la calidad del debate público en nuestro país.
 
Ciertamente que no sólo existe una relación directa entre la calidad del debate público, con la veracidad y racionalidad de los argumentos, que se esgrimen a favor o en contra de una determinada posición, pero también depende de la honestidad, de la buena fe, del compromiso con el bien común que demuestren todas las partes que participan en esa discusión.  
 
Nosotros, en nuestro país, hemos conocido épocas en que cuando se debilitan estas actitudes, se terminó debilitando y, muchas veces, destruyendo nuestra democracia.
 
Porque cuando los argumentos ceden a las descalificaciones y se sacrifica el necesario diálogo cívico, la búsqueda de intercambio de ideas, y se exacerban los conflictos, a veces por odiosas venganzas o pequeñas ventajas electorales, se degrada la calidad del debate público.
 
Pero, además, y como lo estamos experimentando en nuestro país, se ahonda el desprestigio de la política, se pierde la confianza en las instituciones y, sin duda, eso inevitablemente termina debilitando la democracia.
 
Igualmente, cuando los medios destacan preferentemente prácticas demagógicas que caracterizan a la vieja política, y anteponen los intereses de un grupo o de un sector a lo que es el legítimo interés común de todos, o cuando sólo se destacan las malas noticias y se ignoran las buenas noticias, en cierta forma estamos cometiendo un acto que no permite a los ciudadanos informarse en plenitud de la realidad y se está exacerbando un aspecto y, en consecuencia, ignorando otro.
 
Pero tal como ya lo he dicho, yo pienso que defender la libertad de expresión y de información, no es solamente un deber y un derecho de los periodistas y de los medios de comunicación; es un deber y un derecho de la sociedad entera, porque esa libertad es un presupuesto indispensable para desarrollar en plenitud todos los ámbitos y todos los demás ámbitos de la libertad de los seres humanos.
 
Y por eso, tal como decía un poeta danés, Hans Christian Andersen, él decía “los medios de comunicación son la artillería de la libertad”, más aún en la sociedad moderna en que garantizar a los ciudadanos poder expresarse con libertad, informarse adecuadamente, ejercer la crítica fundada, es mucho más que un derecho o un deber, es una verdadera necesidad de una sociedad sana y libre.
 
Siempre he dicho que prefiero el ruido de los medios de la comunicación, al silencio de los medios amordazados. Y podría aprovechar esta expresión para hacer una breve reflexión de una visita que realice hace un par de días a Puchuncaví y Quintero.
 
A lo largo de mis años en el servicio público, en muchas distintas posiciones -senador, presidente de partido, candidato presidencial y ahora Presidente- siempre he aprendido que no hay mejor forma de sentir, de comprender, de interiorizarse de los problemas que aquejan a nuestros compatriotas, que estando cerca de ellos, escuchándolos, mirándolos a los ojos. Eso permite formarse un diagnóstico mucho más adecuado, profundo y preciso, y además muchas veces es la mejor fuente de ideas para encontrar las mejores soluciones.
 
Por esa razón, el valor de escuchar esos testimonios y esas vivencias es algo que yo siempre he estimado extraordinariamente útil.
 
Y por eso, hace un par de días, a pesar que muchos decían “Presidente, ahórrese riesgos”, decidí ir a Quintero y Puchuncaví para dar la cara y para compartir, como me tocó hacerlo con cientos de dirigentes, alcaldes, concejales, Cores, dirigentes de juntas de vecinos, dirigentes sociales, que nos reunimos tranquilamente a intercambiar muchas ideas y muchas propuestas respecto al problema que afecta a esa zona de nuestro país.
 
Porque sin duda que el que está sufriendo el problema es el que tiene más interés en resolverlo, el que mejor puede explicarlo y muchas veces el que tiene las mejores soluciones.
 
Por esa razón, yo también quiero agregar que prefiero el ruido de las manifestaciones al cómodo silencio de una oficina en La Moneda, y creo que ésa es la actitud correcta con que debemos enfrentar los problemas, todos los que tenemos representación popular, y especialmente quien ejerce la Presidencia de la República.
 
Thomas Jefferson, fundador de la democracia americana, decía: “Si tuviera que escoger entre un tener un gobierno sin prensa -en esos tiempos no existía la televisión, ni la radio- o tener una prensa sin gobierno, no dudaría en escoger lo último”. Y, por tanto, él prefiere una libertad de expresión como un valor supremo, porque pensaba que detrás de ella se cobijaban todo el resto de las libertades.
 
Por otra parte, Lenin dijo alguna vez “¿Por qué ha de permitirse a un ciudadano, que por el solo hecho de tener una imprenta se sienta con el derecho de difundir ideas falsas y envenenar el alma del pueblo?”
 
Son dos formas muy distintas de concebir el valor y el significado profundo de la libertad de expresión, y por eso dieron origen a dos sociedades totalmente distintas.
 
Yo quiero afirmar hoy día, con más fuerza y convicción que nunca, el compromiso de nuestro Gobierno con la defensa, la promoción y el fortalecimiento de la libertad de expresión en todo tiempo, en todo lugar y en toda circunstancia. Y por ello, nuestro Gobierno no solamente va a actuar en consecuencia dentro de nuestro país, sino que va a seguir levantando su voz en todos los foros internacionales cada vez que sea necesario, para defender la libertad de expresión en muchos países donde ésta se encuentra severamente conculcada, incluyendo a muchos países de nuestra propia América Latina.
 
La fortaleza de una democracia se mide por el grado de control y escrutinio público, a los cuales están sometidos sus autoridades. Yo siempre he dicho que los ciudadanos tienen derecho a saber qué hacen las autoridades que ellos eligen con sus votos y en qué se gastan los recursos que ellos financian con sus impuestos.
 
Y por esa razón, la experiencia nos ha demostrado que siempre la falta de transparencia, el secretismo, el abuso de la confidencialidad han sido un poderoso de cultivo para la corrupción en la administración pública.
 
Y por eso, tal como lo recordó Ernesto Corona, acabamos de plantear un gran salto adelante después de los primeros 10 años de la Ley de Transparencia, para poder adecuar la Ley de Transparencia a las necesidades actuales y también a las posibilidades actuales, porque hoy día los ciudadanos demandan mucha más transparencia que hace 10 años, y la tecnología nos permite entregar mucha más transparencia que hace 10 años.
 
Y por esa razón estamos, sin duda, con un fuerte compromiso con seguir avanzando, porque la transparencia -y yo lo he dicho otras veces- es el mejor antídoto contra muchos de los males que se incuban en el secretismo o en el oscurantismo. Yo he dicho muchas veces que no hay mejor policía que el alumbrado público, ni hay mejor desinfectante que la luz solar.
 
Y también nos comprometemos a mantener una política de puertas abiertas en forma equitativa con todos los medios, los medios nacionales y los medios regionales, porque de esa manera podemos tener una relación más fluida, con información y tener -sin duda- ambos una mejor posibilidad de cumplir nuestras respectivas misiones.
 
Quiero terminar esta intervención recordando las palabras del primer número de “La Aurora de Chile”, publicado el año 1812, por el famoso Fraile de la Buena Muerte, Camilo Henríquez, en que afirmaba “Venid pues, oh sabios de Chile, venid a ayudarnos a sostenernos con vuestras luces, meditaciones, libros y papeles, nuestros débiles esfuerzos y trabajo. La Patria os invoca, toda la América espera algo bueno de nosotros, procuremos honrar a la Patria, que nos ha sostenido”.
 
Y es con ese espíritu con que vamos a seguir trabajando y promoviendo la libertad de expresión y la libertad de opinión.
 
Muchas gracias.