20 años de los Informes de Desarrollo Humano en Chile

19 DIC 2016
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S.E. la Presidenta de la República, Michelle Bachelet, asiste a la Celebración de los 20 años de los Informes de Desarrollo Humano en Chile, elaborados por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Amigas y amigos:
 
La verdad que el tango dice que “20 años no es nada”. Y en este caso, la regla no se cumple. Estos últimos 20 años están dejando una huella profunda en nuestra sociedad.
 
Qué distinto es el Chile de hoy al de hace veinte años. Y esto pareciera ser algo como un lugar común, pero fíjense que cuando el Informe de Desarrollo Humano comenzó su tarea en Chile, no teníamos Ley de Divorcio y existían todavía instituciones como los Senadores Vitalicios y designados, existía el Sistema Binominal.  Es para recordar algunas diferencias.
 
¿De qué nos hablaban los informes del 96 y del 98? De la necesidad del perfeccionamiento democrático, de la necesidad de un nuevo pacto entre la familia y la sociedad y, por supuesto, de reducir las cifras de pobreza como una de las grandes prioridades. 
 
Hoy día, los chilenos tienen acceso a bienes que las generaciones anteriores ni soñaban. Y no hablo sólo de tecnología. Muchas familias chilenas poseen hoy casa, auto y opciones de uso del tiempo libre como nunca antes. El principal problema de la nutrición no es el hambre, sino la obesidad, y nuestros hijos han tenido un acceso inédito a la educación.
 
Es toda esa historia multifacética de nuestra modernización reciente que han interpretado y acompañado los Informes chilenos de Desarrollo Humano elaborados por el PNUD. Y lo han hecho desde una perspectiva y con un rigor que ha sido y sigue siendo un gran aporte.
 
Así que yo encantada de esta colección, porque a mí siempre me han gustado muchos estos informes, en verdad. Y tenía varios, pero no todos.  Así que, feliz.
 
Dicen que los Gobiernos siempre temen un poco cuando aparecen estos informes. No es mi caso. No voy a estar, a lo mejor, siempre de acuerdo con todo, pero agradezco las preguntas que nos plantean y cómo nos interpelan.
 
Y me motiva especialmente esta doble cuerda profunda de los Informes, que dice que la historia de los cambios está hecha por las personas –como decía Rodrigo-, con sus subjetividades y contextos sociales particulares y, al mismo tiempo, sus destinatarios deben ser esas mismas personas, con sus necesidades y anhelos.
 
Esto que parece tan simple y obvio, no queda siempre reflejado en las disputas recientes acerca del desarrollo, en Chile y en el mundo. Puede que algunos excesos de utopismo y de ideologización de la segunda mitad del siglo pasado, hayan contribuido a la instalación de un cierto temor a la sociedad organizada y a la política.
 
Y lo que se propuso como remedio, como acuerdo tácito, y a veces por las armas, fue la idea que el desarrollo llega como resultado de mecanismos automáticos, guiados casi exclusivamente por una racionalidad económica. La que, además, sería neutral en lo ético y en lo político.
 
Por cierto, el conocimiento del peso específico de las realidades económicas han sido un avance en nuestra comprensión de la realidad y un factor de realismo en nuestras decisiones de política. Pero esa pretendida automatización económica de nuestra vida social, siempre ha tenido efectos que hoy reconocemos como indeseables.
 
El primero de ellos ha sido empobrecer nuestra mirada de la realidad. Quien razona a partir de modelos cerrados, rígidos, se vuelve ciego a las consecuencias inesperadas, a los cambios cualitativos, a la complejidad de los entornos, a las particularidades históricas.
 
También se ha minimizado el rol del contexto social en que ocurre el desarrollo. Por un lado, respecto de las condiciones sociales que requiere, tales como legitimidad política, la confianza o el capital social; y, por otro, respecto de sus efectos, como la desigualdad, el malestar o la desafección política.
 
Y finalmente, y éste es uno de los efectos más complejos, es que ha tendido a despolitizar la construcción de la vida en común. Se ha pretendido que hay un solo modelo de desarrollo y de modernidad y, por lo tanto, los debates sobre el tipo de sociedad deseada no tendrían mucho sentido. Las alternativas del debate público se reducirían, entonces, más bien a seleccionar las herramientas técnicas para llegar al único destino posible.
 
Y en ese contexto, ese principio que propone la perspectiva de Desarrollo Humano, que la historia la hacen las personas y que el sentido de la historia son las personas, ha sido valioso no sólo para entender mejor nuestros cambios, sino para recuperar nuestro propio rol, el rol de la sociedad y de la política en su conducción.
 
Y a lo largo de estos años, los Informes chilenos nos han propuesto herramientas muy precisas para hacer esa tarea.
 
Tal vez el concepto que mayor impacto ha tenido en quienes promovemos cambios centrados en la ciudadanía, ha sido el de subjetividad, como aquí se ha dicho: aquello que las personas experimentan, desean y temen, los proyectos que se proponen y los vínculos que establecen con los demás.
 
Y, por lo demás, yo diría que eso no es solamente chileno.  Si nosotros miramos los cambios, algunos hasta dramáticos que han sucedido durante este año, desde el Brexit, la elección en Estados Unidos, lo que ha sucedido en Italia, el “no” a la paz en Colombia, tiene mucho que ver con esto, también.
 
Y recordar también que la oportuna mirada no sólo a los informes chilenos con el trabajo que se hizo aquí, sino también a la reconstrucción de nuestra idea de democracia y de progresismo, poniendo en su base los anhelos y temores de las personas en la construcción de sus proyectos de vida.
 
La subjetividad de las personas importa, se ha dicho acá, es cierto, nos han dicho los informes desde el inicio. No es un complemento; es una variable dura y principal en la dirección que generan los cambios.
 
Hace veinte años esta perspectiva era mirada con sospecha, incluso sorna, pero ha sido gracias a ella que sabemos, por ejemplo, que la percepción de inseguridad y la desconfianza tienen su origen más allá de la delincuencia, y se relaciona con la calidad de los vínculos sociales.
 
Sabemos que cuando las personas se sienten actores de los cambios, están más dispuestas a acoger las naturales incertidumbres que ellos producen.
 
Hemos aprendido que cuando las instituciones reconocen y acogen las percepciones de las personas, éstas están más dispuestas a otorgarles legitimidad y a aceptar sus reglas.
 
Y desde esta perspectiva innovadora, los informes de Desarrollo Humano han hecho su diagnóstico de la modernización chilena. Han constatado el avance, pero también nos han recordado que el nuevo piso alcanzado –tal como se decía aquí, el Indice de Desarrollo Humano más alto de la región– crea nuevas oportunidades, nuevas exigencias y nuevos obstáculos.
 
Y nos han mostrado la creciente aspiración de las personas a ser sujetos de sus vidas, a vivir en relaciones de horizontalidad, basadas en la dignidad y el mérito, a ser representados por un sistema político que reconozca los logros y dramas reales de las vidas cotidianas. Pero nos han advertido también el obstáculo que significa la persistente inseguridad, la debilidad de nuestros vínculos sociales, la desigualdad en las relaciones y en el trato, una individuación que avanza sin que se desarrollen instituciones a la altura de los individuos, y una creciente distancia entre los ciudadanos y las elites.
 
Y, claro, nos muestran que cuando esos anhelos no son reconocidos y esos obstáculos no son enfrentados se produce malestar en los ciudadanos.
 
Y sé, como ustedes han dicho muchas veces, que los informes no son un producto académico, sino un instrumento para introducir reflexiones y conversaciones cívicas.  Por decirlo así, una voz de alerta lúcida.
 
Permítanme, entonces, que reflexione con ustedes sobre el sentido que tiene, para una demócrata progresista como yo, la historia reciente de nuestra sociedad, así como los desafíos y las oportunidades de cambio del presente.
 
Que hoy tengamos un mejor país que hace veinte años, es el resultado de muchas fuerzas puestas en movimiento. De un sistema político que aprendió el valor de la democracia, no sólo como instrumento, sino como principio y forma de vida; de millones de familias que han desplegado un enorme esfuerzo por ampliar y aprovechar los espacios que les abría el nuevo mundo de libertades y de oportunidades, como ha ocurrido en la educación; de unas políticas públicas que bregaron por hermanar el crecimiento económico con la inclusión social, ampliando responsablemente los derechos sociales.
 
Pero, tal como se comentó antes, estos avances implican  desafíos. En parte, porque hay pendientes que deben superarse, como ocurre con la desigualdad; en parte, también, porque algunos cambios generan inevitablemente efectos negativos que deben ser enfrentados, como la complejidad de la vida en nuestras ciudades. Y, por cierto, porque crean fenómenos nuevos que exigen también respuestas nuevas, como aquí se decía, el avance de la individuación o la necesidad de una nueva estrategia productiva ad portas del desarrollo.
 
Nuestra modernización reciente ha sido, como en todas partes, un proceso ambivalente y de múltiples caras. En ella, las dimensiones culturales, económicas, políticas, sociales y subjetivas tienen lógicas y dinámicas distintas, que impiden avances únicos y lineales, como hemos escuchado.
 
A veces los vientos favorables de los precios de nuestras exportaciones han permitido expansiones inéditas del ingreso y el consumo, acelerando un conjunto de efectos sociales y culturales. A veces han existido resistencias al cambio, como en el sistema político o en la modernización del Estado, que han retrasado avances que dependían de ellos.
 
A veces los cambios culturales y generacionales, como en los movimientos estudiantiles, han provocado saltos inesperados en las expectativas y demandas de la sociedad.
 
A todo ello hay que sumarle los efectos de la globalización, que unas veces amplifica fenómenos locales, otras veces los enfría y, las más de las veces, introduce hechos inéditos.
 
Somos juntos, los autores de un país que ha cambiado para bien, y nos sentimos orgullosos. Hemos actuado, no hemos seguido pasivamente una ley de la naturaleza que dicta cuál es la única forma de desarrollo. Precisamente, porque es una historia humana, social y política, está llena de luces, de sombras y de sorpresas.
 
Y para quienes tenemos responsabilidades sociales y políticas, lo principal es preguntarnos qué oportunidades plantean las tendencias de nuestros cambios recientes.
 
Y para entender el presente, el orden institucional y la vida social deben verse juntos, en su conflictiva y nunca acabada dinámica de articulación para construir el orden deseado, parafraseando a Norbert Lechner.  Nunca coincidirán, pero hay límites de los cuales depende la gobernabilidad y el desarrollo.
 
Y esa es la lectura que debemos privilegiar para nuestra historia social reciente, cuando Chile experimentó una fuerte tensión entre las dinámicas sociales y el orden institucional.
 
Es en ese momento cuando no sirve hacer más de lo mismo, ni las soluciones van a ser automáticas, sino que provendrán de la acción deliberada de la sociedad.
 
Tampoco se trata de partir de cero, porque esta tensión no es el síntoma de una enfermedad: es la consecuencia de nuestro desarrollo.
 
Así que ahí radica la oportunidad y la necesidad de proyectar las fuerzas de nuestra historia, hacia un piso superior de nuestra vida en común.
 
Es en ese momento cuando los liderazgos están llamados a actuar políticamente, es decir, con sensibilidad social y cultural. Es en ese momento cuando las autoridades estamos llamadas a conducir la gestación de un nuevo y mejor “nosotros”, capaz de servir de horizonte para la acción con sentido de futuro.
 
Es bueno disipar fantasmas, tan abundantes por estos días. Nuestra responsabilidad política no pasa por recoger –tal como   decía Rodrigo- una “lista de deseos” de la sociedad y llevarlas a la práctica. Nuestra responsabilidad consiste en hacer política de verdad, es decir procesar las demandas y temores diversos y contradictorios de la sociedad, para canalizarlas en un orden institucional adecuado.
 
Y Rodrigo hablaba de las contradicciones, y hay contradicciones.  Cuando uno ve la gente que ha estado marchando por “No+AFP”, y se plantea la posibilidad de un 5% del empleador, la gente dice “No+AFP, pero ese 5% a mi cuenta de capitalización individual”, que es la base del sistema. Entonces, tenemos contradicciones en nuestra sociedad.
 
Ahora, yo creo es básico que no sólo tengamos una sociedad en la que se reconozca y traduzca sus energías, sus aspiraciones y sus conflictos en cooperación, en derechos y en mejoras para las mayorías.
 
Y no me estoy poniendo mesiánica, porque no creo que eso sea el Paraíso, sino que es el piso mínimo para proveer de los dos bienes básicos que esperamos de la vida en común moderna y democrática: que es vivir mejor juntos y expandir nuestro poder como seres humanos, es decir, como autores creativos de nuestra vida, por un lado, individual, pero también colectiva.
 
Y así hemos entendido quienes hoy conducimos el Gobierno, el momento de Chile y nuestra responsabilidad. Ese es el sentido de los cambios que hemos emprendido.
 
Hemos asumido la tensión acumulada entre las demandas sociales y el orden institucional, y hemos propuesto una articulación en tres ámbitos principales:
 
El primero, es la necesidad de dotar a las personas y sus familias de un entorno que facilite la expansión de su calidad de vida y de sus oportunidades de futuro, basadas en el esfuerzo y el mérito. Y ese es un reconocimiento de la creciente importancia de las clases medias en la formación de nuestra sociedad y del trabajo que ellas hacen por progresar.
 
Y avanzar en este plano ha supuesto remover obstáculos a la movilidad, principalmente la desigualdad, la exclusión y la postergación de las mujeres, a partir de la expansión de derechos sociales universales, como la educación.
 
Del mismo modo, ha exigido crear las bases responsables para sustentar esta expansión: con una reforma tributaria y con un impulso al crecimiento económico que se base en la productividad y en la diversificación, no solamente en el precio de los commodities.
 
Pero sabemos que el esfuerzo individual no basta, por eficiente y equitativo que sea el orden social. Hay riesgos como la enfermedad, la cesantía o la delincuencia, que superan las capacidades de cualquier familia para construir certezas. Los pobres y vulnerables nos han mostrado que requieren protección y promoción de la sociedad para vivir vidas libres de temor.
 
Entonces, en segundo lugar, estamos ampliando decididamente la red de protección, con la infraestructura y los especialistas en salud, con las políticas de apoyo al emprendimiento, con las políticas de seguridad ciudadana centradas en la comunidad, con el llamado al Acuerdo Nacional para reformar el sistema de pensiones.
 
Finalmente, una mejor vida para todos descansa no sólo en las condiciones individuales y familiares, sino también en las formas de vida en común. Y la sociedad ha mostrado su malestar con las instituciones políticas, con el comportamiento del mundo de los negocios y con los liderazgos en general.
 
Hay una demanda social por el reconocimiento del nuevo poder que han adquirido los ciudadanos, por el fin del autoritarismo en las organizaciones, por el fin de los privilegios y los abusos, por la transparencia.
 
Por eso, en tercer lugar, pusimos fin al binominal y estamos llevando adelante –y quiero agradecer también al PNUD y a Rodrigo- la elaboración participativa de una Nueva Constitución, las reformas políticas, la descentralización, la Agenda de Transparencia.
 
Todas éstas eran demandas y necesidades largamente promovidas, pero postergadas. Muchos decían estar de acuerdo con estos cambios, pero pocos se decidieron a iniciarlos. Romper inercias tiene costos que muchos prefirieron no pagar.
 
Permítanme que lo diga claro: yo creo que hemos tenido el coraje de poner a Chile en movimiento, de confrontar las tensiones de su modernización y de canalizarlas mediante reformas institucionales, responsables y sustentables.
 
Hemos asumido costos, hemos arriesgado capital político y hemos visto a Chile cambiar.
 
Y es cierto que hacer cambios profundos simultáneamente acarrea dificultades técnicas, pero reconozcamos que la principal dificultad de los procesos que llevamos adelante no es técnica: los cambios han afectado intereses, principios ideológicos y sentidos comunes instalados, y esa es la resistencia principal.
 
Y yo tengo la convicción, al asumir esta exigencia de nuestra historia, que era y es necesario. Y no necesitamos esperar décadas para comprobar que estábamos en lo cierto.
 
Los cambios no son sólo para mañana o para otras generaciones, son ya para nosotros hoy. No es éste el lugar para mostrar los logros de nuestras políticas públicas, pero déjenme mencionar sólo tres, porque son muy concretos:
 
Ya hay cientos de miles de jóvenes que pueden estudiar gratuitamente en la educación media y superior, para los cuales las desventajas económicas no limitan sus vocaciones y oportunidades.
 
Hoy, todas las parejas, en toda su diversidad, pueden ampararse legalmente en el Acuerdo de Unión Civil.
 
Y ahora las autoridades que cometan ilegalidades en su elección, perderán el cargo.
 
Por mencionar  tres ámbitos distintos, pero importantes y significativos.
 
Pero hay algo muy importante que también es realidad: como país, nos hemos hecho cargo de nuestros desafíos, hemos vencido el temor a avanzar con la sociedad.  Y hoy tenemos, entonces, más futuro que ayer.
 
Queda mucho por hacer aún, no es hora de recuentos, pero podemos sentirnos orgullosos como país de lo que hemos emprendido.
 
Dijo Norbert Lechner que “la democracia es un movimiento histórico cuyo sentido ha de actualizarse siempre de nuevo” y que cada época ha de redefinir su significación.
 
Yo espero que en la consolidación y proyección de esta marcha que hemos iniciado en una democracia siempre dinámica, los Informes de Desarrollo Humano del PNUD puedan seguir acompañando a Chile.
 
Y que cambiemos el tango en lo sucesivo, para constatar, en las décadas que siguen, lo mucho que hemos avanzado.
 
Muchas gracias.