XXI Congreso de la Organización Demócrata Cristiana de América

26 MAY 2016
Descargar Audio Discurso Descargar Transcripción

S.E. la Presidenta de la República, Michelle Bachelet, asiste al XXI Congreso de la Organización Demócrata Cristiana de América.

Amigas y amigos:
 
Yo quiero, por supuesto, saludar y darles la bienvenida a quienes han venido a Chile a este encuentro de los democratacristianos de América, en la patria de Eduardo Frei, de Radomiro Tomic y de Patricio Aylwin.
 
Y esperamos que se sientan en casa, no sólo por nuestra hospitalidad, sino que también por las muestras de reconocimiento, de amistad y de solidaridad en los momentos difíciles que muchos de ustedes nos han prodigado, y que no olvidamos.
 
Estoy muy contenta de participar en la inauguración de este Vigésimo Primer Congreso de la ODCA, uno de los centros políticos del diálogo democrático más importantes e influyentes de América Latina.
 
Creo que el continente le debe mucho a esta instancia, por su defensa de la democracia y los derechos humanos, por su constancia en persistir como una organización vigente y por ser una demostración de que la unidad en los principios compartidos, y la capacidad de levantar la vista para proyectar un mejor futuro latinoamericano, puede más que las distancias, puede más que las particularidades y la permanente inmersión en la coyuntura.
 
Hace sólo unos pocos días, despedimos al ex Presidente Aylwin, un símbolo del reencuentro de los chilenos y también de los demócratas, quien supo liderar la construcción de un nuevo entendimiento entre humanistas cristianos y laicos, primero como salida de la dictadura y luego como el inicio de un camino conjunto que ya lleva casi 30 años.
 
Hoy, quisiera reflexionar con ustedes acerca del proceso específico que hemos vivido en Chile, de estructurar un pacto político de amplio alcance, tanto por la amplitud de su diversidad como por el alcance de su proyecto. Un pacto que ha sido fundamental para dar gobernabilidad a un país que recuperó la democracia en las condiciones de deterioro social e institucional que suelen ser el saldo de los autoritarismos.
 
Nuestra historia reciente es un camino coherente y  a la vez reconocible de superación de diferencias, de búsqueda de acuerdos y de esfuerzo democrático por conseguir un desarrollo más equitativo y más igualitario.
 
Las grandes tragedias exigen y alientan grandes respuestas humanistas.
 
Frente a una dictadura de 17 años, los demócratas de todos los signos nos propusimos recuperar la democracia.
 
Y este propósito se impuso por sobre cualquier diferencia o sobre cualquier querella del pasado. Nos permitió retomar “la continuidad histórica de Chile”, como apuntó el ex Presidente Eduardo Frei Montalva, afirmándonos en el “alma de Chile”, como llamó el Cardenal Raúl Silva Henríquez a nuestras raíces más profundas de práctica del diálogo, anhelos de paz y espíritu de entendimiento ante la adversidad y la búsqueda del progreso.
 
Sin desconocer ninguna de nuestras flaquezas y debilidades, muy conscientes de los problemas que afrontamos en el presente, creo que puedo decir que, en nuestro país hemos sabido construir grandes alianzas y le hemos dado gobernabilidad democrática a la nación.
 
Si me preguntan si esto fue producto del azar o mera fatalidad, les puedo decir con plena convicción de que lo que hemos logrado es una obra política consciente, no exenta de errores, pero no exenta tampoco de grandeza.
 
¿Por qué el centro y la izquierda han logrado confluir en un conglomerado cada vez más amplio y representativo en nuestro país?, pueden preguntarse algunos de ustedes, de hecho, me lo han preguntado en algunos países, que ésta es una experiencia que unos llaman “interesante o sorprendente”, porque en sus propios países no han logrado este objetivo.
 
Y yo creo que se ha debido a que hemos hecho  primar lo verdaderamente importante por sobre lo que no lo es; hemos puesto por delante lo que nos une por sobre lo que nos separa, cuando se ha tratado de emprender las grandes tareas nacionales y dar respuesta a las demandas ciudadanas.
 
Todos nosotros hemos tenido dos convicciones al conformar, primero la Concertación de Partidos por la Democracia y hoy la Nueva Mayoría: primero, que hemos hecho lo que debíamos hacer y, segundo, que hemos hecho lo que nos propusimos hacer.
 
Y quiero explicar brevemente estas dos convicciones.
 
Hemos hecho lo que debíamos hacer, porque quienes vivimos el quiebre democrático de 1973, llegamos al convencimiento de que la crisis se produjo porque no habíamos sabido construir acuerdos políticos y sociales de amplio respaldo que pudieran dar sustento y continuidad a procesos de reforma de gran calado.
 
La crisis del ‘73 fue una derrota de los demócratas y nos dejó una lección que ningún chileno o chilena ha olvidado.
 
La dictadura apostó a quedarse en el poder llamando a un plebiscito que sólo podía ganar. Había fijado las reglas del juego, una Constitución y el control casi total del poder para asegurar ese fin. Sólo necesitaba que la oposición se mostrara desunida.
 
Y en ese momento tan decisivo, uno de nuestros líderes más importantes, don Patricio Aylwin, propuso enfrentar y derrotar a la dictadura con sus propias reglas.
 
El convencimiento de que la mayoría podía ser movilizada, expresarse y ganar pacíficamente, finalmente se impuso. Fue el resultado de la unidad, la obra conjunta de socialcristianos, socialistas y humanistas laicos. Juntos le ganamos a la violencia, construimos la paz y le dimos continuidad al triunfo, manteniéndonos unidos.
 
De modo que lo que le hemos ofrecido al país, en todo momento, ha sido un permanente y sostenido espíritu unitario. Pero en cada oportunidad hemos procurado también ofrecer un programa particular y específico para enfrentar los desafíos políticos, económicos y sociales más importantes de la etapa que se tenía por delante.
 
También digo que hemos hecho lo que debíamos hacer, porque hemos tenido la certeza de que sólo podríamos emprender grandes tareas políticas sobre la base de un conglomerado lo suficientemente amplio, plural y diverso que pudiera darle sustento.
 
En segundo lugar, he afirmado que hemos hecho lo que nos propusimos hacer. Con esto quiero decir que no nos hemos unido a pesar de ser distintos, de provenir de corrientes políticas distintas y de ramas distintas del humanismo. Nos hemos unido precisamente porque somos distintos. Hemos hecho de nuestra diversidad el centro de nuestra fuerza. Porque si bien frente a algunos temas podemos pensar distinto, no dialogamos con el fin de cultivar nuestras divergencias sino con el propósito de acrecentar nuestras convergencias.
 
Para eso ha sido clave ir fijándonos etapas definidas y acotadas en la que hemos concordado los propósitos comunes que buscaríamos implementar a todo evento. No hemos buscado estar de acuerdo en todo, hemos buscado estar de acuerdo en lo esencial, para afrontar las tareas del presente y del futuro inmediato, a fin de tener la opción de revalidar una y otra vez nuestros propósitos comunes. Hemos sido creíbles porque los éxitos obtenidos han hecho reales las nuevas metas que nos propusimos una y otra vez. Mediante este procedimiento, hemos ido alcanzando cimas desde las cuales emprendemos una nueva meta más ambiciosa, más exigente, pero siempre apasionante.
 
Con Patricio Aylwin consolidamos la democracia, con Eduardo Frei emprendimos grandes modernizaciones, con Ricardo Lagos se afianzaron reformas estructurales, en mi anterior Gobierno establecimos una red de protección social y ahora afrontamos la construcción de otra etapa para hacer de Chile un país más equitativo, contando con la participación activa de la ciudadanía.
 
Pero a lo largo de todo este camino, se reconoce una misma ruta sostenida de democracia profundizada, de crecimiento con equidad, de desarrollo inclusivo y diversidad promovida y ampliada.
 
Así como se han profundizado los logros y actualizado nuestras metas, también han ido evolucionando las dificultades y han aparecido nuevos problemas. Sin duda, éste es un momento particularmente complejo. El descrédito de las instituciones, la falta de confianza de la ciudadanía en la política y en los políticos, los temas ligados a la corrupción o a una malsana relación entre dinero y política, todo ello se ha hecho presente en nuestros países, en diversos grados y con distintos énfasis.
 
En momento como éstos lo que importa, más allá de los inevitables errores de toda empresa humana, es saber si estamos o no en la ruta correcta y si hemos enfrentado los principales desafíos de la etapa que nos ha tocado vivir.
 
Estoy convencida que un gran conglomerado que permita la gobernabilidad democrática tiene que enfrentar decididamente la desigualdad en todas sus expresiones.
 
El problema no está en enfrentar las injusticias, sino en dejar pasar el tiempo sin hacerlo. Las grietas sociales que no se abordan, pueden transformarse en abismos insalvables.
 
Las dificultades generadas por la inequidad, la discriminación, las discriminaciones por razones de género, etnia o ubicación geográfica no desaparecen porque sí, sino porque se les busca remedio y se les pone en la primera línea de la acción de un gobierno y en el centro de la agenda nacional.
 
Hemos enfrentado problemas por construir grandes reformas políticas, en educación, en el sistema tributario, en las relaciones laborales, en probidad, en transparencia. Es cierto. Pero más cierto aún es que le hemos evitado al país las grandes explosiones sociales o la crisis de gobernabilidad que se derivan de no actuar ni querer actuar a tiempo.
 
Y hemos construido a la vez unas bases para enfrentar con capacidades reales las exigencias de futuro que tenemos por delante en esta nueva etapa de nuestro desarrollo.
 
Al final lo que importa es lo que abre posibilidades perdurables para todos. Ésa es la vara de medición que más cuenta. De nosotros se puede decir que hemos hecho de nuestras promesas compromisos de Gobierno, y de los compromisos hechos hemos pasado a las reformas estructurales que han llegado para quedarse.
 
Y en todo este proceso, el aporte propio del humanismo cristiano al trabajo político de estos años ha sido fundamental: yo lo agradezco y lo valoro. No sólo por lo hecho en el pasado, sino que también por su contribución permanente para abrir el debate hacia nuevos áreas, en particular hoy en que los temas del buen gobierno se han vuelto acuciantes.
 
Y en ese sentido es muy valioso el esfuerzo de la Democracia Cristiana y quiero agradecer no sólo a su ex Presidente, Jorge Pizarro, sino también a su nueva Presidenta, Carolina Goic, por reforzar las buenas prácticas en materia de transparencia y de probidad en el sistema político chileno.
 
Amigas y amigos:
 
Como siempre, lo que abre el camino es la permanente reflexión política sobre el rumbo a seguir. Hacerse cargo del presente y preparar el porvenir requiere de coraje. Es el tipo de coraje que siempre han tenido ustedes en la OCDA para tratar a tiempo las grandes demandas de nuestros pueblos en cada coyuntura histórica.
 
He estado mirando –rápidamente, debo decir- el documento de trabajo que tiene la ODCA para el futuro próximo y me ha impresionado la diversidad de temas que abarca, y lo metódico del tratamiento que le dan a cada área. Veo que no se asustan ante los grandes desafíos. Eso muestra también la gran tarea encabezada por el Presidente de la ODCA, Jorge Ocejo Moreno, que merece ser proyectada en el tiempo. Y de seguro, seguirá en buenas manos.
 
Les deseo éxito en este vigésimo primer Congreso, porque esta organización es necesaria para la profundización de la democracia y para la gobernabilidad del continente.
 
Muchas gracias.