Inauguración Escuela de Gobierno de la Pontificia Universidad Católica de Chile

8 SEP 2017
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S.E. la Presidenta de la República, Michelle Bachelet, asiste a la ceremonia de presentación de la Escuela de Gobierno de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Amigas y amigos:
 
Gracias por la invitación a compartir con ustedes este verdadero hito académico para la Universidad y para Chile, destinado sin duda a enriquecer el debate y el ejercicio de lo público en una de las casas de estudio más prestigiosas de nuestro país.
 
La discusión sobre el rol del Estado en la vida moderna ha estado en el centro de la vida intelectual y política durante muchos años. Cuánto Estado debemos tener y cómo debe actuar es la pregunta a partir de la cual se articula uno de los clivajes más poderosos existentes, estructurado además el posicionamiento de los actores y dando origen a una amplia literatura, desde la economía hasta la salud pública, pasando por la historia, la administración y hasta el arte. 
 
Entre nosotros hay quienes, como el historiador Mario Góngora, le otorgan al Estado el protagonismo en la construcción de nuestra identidad histórica como nación, y su mayor o menor relevancia constituye también una divisoria de las aguas entre las grandes visiones existentes sobre el país, sobre todo en cuanto al papel que se le asigna en el desarrollo económico y político.
 
En lo grueso y de un lado, hay quienes sostenemos que el Estado y las políticas públicas son no las únicas, pero sí las principales herramientas para acercar los resultados de la vida social a una idea de justicia equitativa, y que constituyen uno de los pilares de la cohesión social. De otro, hay quienes sostienen que el Estado debe jugar, más bien, un rol correctivo respecto de las fallas de mercado y dirigir su acción social hacia los más pobres. Es decir, un enfoque de derechos sociales versus una mirada de subsidiariedad y focalización.
Claro, esto es extremar posiciones porque hay visiones con muchos matices, es cierto, pero que yo diría configuran, en lo esencial, nuestra arena política e ideológica.
 
Sin embargo, yo no quiero poner el punto en las diferencias, digo que hay diferencias de mirada, pero más allá de las diferencias –que, como sabemos, pueden llegar a veces a ser muy profundas– existen puntos de conexión y complementariedad sumamente importantes para el país, cualquiera sea la opción que se adopte como punto de partida.
 
Porque un Estado competente, moderno, transparente y probo es una exigencia crecientemente transversal, que cruza las fronteras de las ideas políticas. La eficacia técnica y la seriedad profesional no son patrimonio de uno u otro sector, sino que deben ser la regla de desempeño de un Estado en cualquier circunstancia y bajo la conducción de quienes la democracia defina.
 
Ahora, es re’fácil plantearlo, pero es bastante más difícil lograrlo. Generalmente, las demandas que recaen sobre el Estado tienen que ver más bien con fines que con medios. Tienen que ver más con los resultados que se esperan que con cómo lograrlo. Por eso es que, muchas veces, se descuidan aspectos fundamentales de un buen gobierno, incluso por parte de quienes le asignan un protagonismo mayor al Estado.
 
La agenda de modernización del Estado en Chile tiene ya dos décadas. Desde los tiempos del Presidente Frei Ruiz Tagle hasta hoy, hemos ido empujando reformas en diversos ámbitos, que incluyen la creación de instituciones y el mejoramiento de procesos; la instauración de estándares más elevados en el “delivery” del sector público y el establecimiento de normas cada vez más severas y exigentes en materia de transparencia y probidad.
 
Y si miramos en retrospectiva, el resultado es alentador. Sólo por señalar algunos ejemplos, pusimos en marcha un servicio civil cada vez más profesionalizado y desvinculado del ciclo político, el cual se ha ido perfeccionando con los años; creamos también sistemas de compras públicas y de recaudación fiscal que son de clase mundial; incorporamos el uso intensivo de las nuevas tecnologías en los procedimientos del Estado; y establecimos las bases de un sistema de integridad en el servicio público, con pilares como la Contraloría y el Consejo para la Transparencia, el que además se ha visto fortalecido con la Agenda de Transparencia implementada a partir de las recomendaciones dadas por la así llamada Comisión Engel.
 
Entonces, tenemos, en consecuencia, un sector público que se ha ido adaptando a los cambios sociopolíticos y económicos, con logros muy importantes que mostrar.
 
Pero también sabemos que la agenda de reforma del Estado no se agota, sino que es un proyecto en permanente construcción. Por eso que hoy también el Estado se ve exigido.
 
Estamos llevando adelante cambios de gran magnitud, que exigen un sector público que esté a la altura de la promesa. Porque si, por ejemplo, queremos devolver a la educación pública el rol estructurante de la República que siempre tuvo, o si queremos garantizar el derecho a la salud para todos sin que su capacidad de pago cuente, o tener gobiernos regionales electos que sean efectivos cuerpos conductores en sus territorios, debemos contar entonces con organismos públicos de primer nivel, que permitan realizar estas complejas tareas con solvencia.
 
Es a ese desafío como país que viene a contribuir, me parece, la Escuela de Gobierno de la Universidad Católica, así como su recientemente inaugurado Centro de Encuestas y Estudios Longitudinales –en que también tuve la ocasión de participar en su lanzamiento– los cuales contribuyen a la mirada crítica y al aporte permanente de la calidad de las políticas públicas.   
 
Y no es un misterio que la gestión del Estado no ha sido una de las estrellas rutilantes de la academia. No siempre ha logrado captar la atención de los investigadores o de los journals del modo como lo han hecho la disputa por el poder político o las instituciones electorales. Al parecer, ha importado más reflexionar sobre cómo se gana el poder que sobre cómo se gobierna.
 
Sin embargo, hoy la sociedad camina en una dirección que trasciende la sola definición de las diferencias políticas y exige cada vez más involucrarse en el ejercicio del Gobierno. Surgen nuevos espacios para incidir crecientemente en las decisiones políticas y de políticas públicas, y se hace cada vez más relevante el aspecto comunitario y la construcción de las prioridades de Gobierno desde cada territorio. Y eso repercute no sólo en la agenda de los actores sino también en la del mundo académico.
 
Estudiar el buen –o mal– gobierno, el ciclo completo de las políticas públicas y la gestión de los servicios, y junto con ello formar profesionales de excelencia para todos los niveles de la administración, es hoy imprescindible.
 
Ahora, quiero comentarles que pensando yo cómo compartía con ustedes dado que yo he vivido toda mi vida en la gestión pública, salvo un pequeño período donde la historia no me lo permitió y estuve en una ONG, el resto he estado permanentemente en el servicio público. Y, por lo tanto, yo me preguntaba ¿Habrá cosas que se pueden enseñar? ¿Habrá talentos, capacidades que pueden compartirse, sobre todo en nivel universitario? Porque desde la práctica de toda mi vida yo creo que es cierto que es súper importante tener claridad en métodos, en sistemas, siempre se pueden ir perfeccionando, pero hay elementos que uno se pregunta si son aprendibles o tienen que ver como por ejemplo la vocación de servicio público.
 
Creo que las personas que llegan al sistema público tienen que tener una verdadera vocación de servicio público, un verdadero compromiso, y no personas que pueden llegar a él porque tienen estabilidad laboral, porque tienen otro tipo de incentivos que permitan que ésa sea su vocación. Creo que es clave el cómo generamos y aseguramos la verdadera vocación pública, que lleguen en el fondo al servicio público por buenas razones.
 
La segunda pregunta que yo me hacía, que es clave en todo servidor público, por supuesto que sea serio, que sea honesto, que sea probo, que esté comprometido, pero también que tenga una actitud permanente que es algo que a veces uno ve que se pierde en la gente, que por estar en una tarea estable, por enamorarse de sus obras, deja de mirar con un espíritu crítico y autocrítico lo que realiza.
 
Bueno, yo voy a hacer un comentario que puede ser inadecuado pero yo siempre he preferido estar en el grupo de los autoflagelantes que de los autocomplacientes, como se ha dicho en política: no porque me pegue latigazos todos los días sino que en el sentido de preguntarme siempre si lo que estamos haciendo va en la dirección correcta y si estamos logrando los resultados.
 
Muchas veces uno siente, cuando trabaja con gente en la gestión pública, que terminan tan entusiasmados con sus obras que no ven si realmente tienen el resultado que se buscaba y se logra lo que se quería.  
 
Entonces, yo diría que eso también es clave, el poder desarrollar esa capacidad crítica y autocrítica que creo que es una tarea que tenemos que desarrollar desde muy pequeños en la sala cuna, jardín infantil y luego en el colegio. Y, por cierto, reforzarlo en la universidad. 
 
Y lo tercero desde la experiencia: esto es pura cosa empírica y muy pragmática pero que creo que es clave, es que cualquier servidor público lo que tiene que colocar en el centro son las personas, que las políticas públicas se centren en las personas, cómo afecten, impactan positiva o negativamente, y eso es clave para que realmente esas políticas públicas puedan responder a las necesidades pero también a las expectativas de los ciudadanos. Hay muchas cosas más que puedo compartir, pero me voy a quedar aquí para no latearlos.
 
Por eso, celebro la apertura de esta escuela. Yo creo que es una respuesta oportuna, porque el país lo necesita con urgencia, y también maciza, que se levanta desde la tradición de calidad de este centro universitario.
 
Aquí hay un aporte muy importante a la formación de nuevos cuadros profesionales del sector público. Y también una contribución al desarrollo de ideas desde la impronta normativa y valórica de la Universidad Católica, lo que enriquece nuestro debate democrático.
 
Con esta Escuela de Gobierno, la Universidad Católica se incorpora al seno de una comunidad académica y formativa en la que la Universidad de Chile y la Universidad de Santiago han abierto el camino, al que se han sumado otras universidades a lo largo del país.
 
Por eso que los felicito por este gran paso. Estoy segura de que la solidez institucional de la universidad y destacada trayectoria del cuerpo docente va a permitir tener, desde sus inicios –desde que ya partió– una escuela universitaria de primer nivel.    
 
Muchas gracias y muchas felicitaciones.